Estefanía despertaba cada mañana mucho después de Sebastián. Para ese entonces ya el había ido a trotar al parque, ya se había paseado por los titulares del día y empezado su jornada laboral desde el computador. El respiro intenso de ella al despertar era la señal para él. Se acercaba el desayuno.
Ella en cambio más despacio y más calmada se trasladaba a la ducha llevándose consigo las sábanas rojas pegadas aún a la piel. El agua tibia navegaba su cuerpo y ella la sentía como quien disfruta el placer de ser acariciada. Se viste con las mejores y más coloridas telas, con el más exquisito de los gustos, se pone hermosa, recoge su cabello brillante, reluce su piel templada, repasa sus mejores miradas y va hacia el comedor donde él, igualmente reluciente, la espera para el desayuno. Ritual hermoso que ninguno de los dos osa perderse y que se ha repetido durante años.
Ella toma asiento. En ese momento todo está servido. Primero el jugo de naranja que cae homogéneamente en el vaso transparente que aumenta su vivo color, lleno hasta la mitad. Inmediatamente después el café que cae sobre la taza blanca que luego se disuelve con la leche y un toque de azúcar que ella menea con sensualidad. Y entre vuelta y vuelta le lanza una mirada que él le devuelve en cada sorbo.
Él resuena su garganta como parte de la conversación silente. Ella extiende sus piernas antes cruzadas debajo de la mesa. Él cruza las suyas. Danzando. Ella estira su brazo para tomar el pan y untarlo con la nata. Él se limpia la boca. Sirve con agua cada uno de sus vasos. Piensa en el fastidio que le da quedarse en casa aunque nada tiene que hacer en la oficina. Piensa en las ganas que tiene de estar solo. En las ganas de abstraerse del planeta para pintar, para escribir, para pensar. Toma un sorbo de agua. La mirada de ella brilla y los ojos verdes de él se oscurecen. Con el mismo tedio él se atreve a pronunciar palabra:
- Hoy quedamos de ir a almorzar con los Mendoza.
- Si. He estado pendiente de eso. Pero quizás salga tarde de mi clase de Origami. Creo que como a las dos – responde ella.
- Yo me muero por pasar contigo la tarde, creo que tu piel se torna más hermosa con la luz del mediodía.
Ella sonríe, entre tímida e intrigada le dice:
- Y yo no podría perderme de tus halagos ¿Por qué lo haces?
- Porque realmente me encantas, le replica él.
- ¿Qué te parece si cuando llegue a la clase te paso un mensajito para ver si podré?
Para ese entonces ya él sabe lo que ella planea. Ya él sabe que se perderán el almuerzo con los Mendoza. Y sabe también que podría evitar que los planes de ella se cumplan con una llamada a la profesora, con acordar con Manuel Mendoza rodar el almuerzo para más tarde o con esperarla a la puerta de la clase hasta que ella salga. Pero a él realmente le fastidia tener que hacer cualquiera de esas cosas. Él, aunque desea fumar de su piel al mediodía, detesta luchar con los planes de ella, quizás porque él también puede hacerse de unos mejores.
La verdad es que Sebastián al despertarse deseó que Estefanía lo dejara solo durante el día, deseó que ella no quisiera ir al almuerzo con los Mendoza, deseó tenerla lejos. Sebastián cuando la vio acercarse a la mesa para el desayuno supo que había olvidado lo hermosa que es su esposa, lo embriagante que es el color de sus cabellos, lo extenso que es el repertorio de sus miradas que a él lo hipnotizan. Y recordó la conocida frase ‘Ten cuidado con lo que deseas porque puede hacerse realidad’.
Estefanía tenía otros planes desde el día anterior. También él quiso hacer otra cosa, quiso disfrutar de la soledad, quiso hacerse de otros planes que seguramente iría a disfrutar, quiso ir a hacer cosas que por lo menos ese día le interesaban más. Más que ella, más que sus verdades o sus horas del día.
Quiso dejarla y hacerle creer que lo engañaba, supo que ella hace lo que cree que quiere, pero definitivamente hace lo que él le permite, quiso engañarlos a todos y hacerles creer que tienen la capacidad de mentirle, pero la verdad es que a él no le interesan en ese momento ni ella, ni sus planes ocultos, a él le importan sus ganas de mandarlos a todos al demonio, sus ganas de estar solo que son más grande a las de estar con ella. Le importa él y más nadie.
Y quiso mentirle, quiso mostrarse, como el esposo más comprensivo y más generoso que existe.
- Esperaré tu mensajito. Pero tranquila, que no hay urgencia de comer con los Mendoza. Yo estaré en la oficina atento.
Ella le sonrió. El se levantó de la mesa, tomó sus cosas, se desplazó hasta el estacionamiento donde abordó el carro y salió rumbo a la casa de la playa donde estaría hasta la noche, luego de un ‘arduo día de trabajo’.
Ella tomó su celular y envió un mensajito que decía ‘Voy saliendo a tu casa’. No fue a la clase de Origami y nunca envió el mensajito a Sebastián. La mañana siguiente se encontraron nuevamente frescos, amorosos y sonrientes en la mesa del comedor, jugo de naranja y café de por medio.
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