martes, 9 de septiembre de 2008

A veces, Sofía . . .


Todavía, a veces, mientras el cielo pasar de ser naranja a ser violeta, recuerdo a Sofi. Aquella muchacha que sólo soñaba con mirar a los ojos a un muchacho, al cual cada noche le mandaba construcciones de frases inteligentes mientras se limitaba a observarlo en la fotito que se ubicaba en el lado superior derecho de su computador.

Recuerdo a la Sofi que suspiraba y a la que se le aguaban los ojos cada vez que hablaba o pensaba en el ingenioso niño de contextura delgada y que un día ya no supo si tenía los ojos grises o quizás marrones. De tanto no verlos, se le fueron olvidando.

A Sofi también se le ponía caliente el cuello cuando lo veía bailar por camarita, cuando él simplemente le decía ‘Hola’ o cuando le pasaba alguna foto, alguna canción o un juego corto de palabras formadas por letras verdes. A sofi, se le hacían interminables los segundos aquellos en los que lanzaba un comentario o una pregunta indiscreta y tenía que esperar la respuesta del ingenioso picaresco siempre cambiante. A veces le daban ganas de llorar. Sofía se aterrorizaba con la idea de que en cualquier momento pudiera descuidarse, y al volver, él se hubiese ido sin despedirse, ignorando que cualquier gesto de consideración hacía ella marcaban el estado de sus horas y sus minutos.

Recuerdo que Sofía Elena era una ingenua soñadora que un día sabía lo que quería y al otro no. Que un día deseaba olvidarse del ingenioso, pero la aparición de él la dejaba sin aliento y hasta sin pensamientos. Sofía era bastante loca. La verdad, yo creo que nunca pensó cual era su verdadero deseo. Sofía a veces decidía no encender la máquina que los conectaba y los hacían sentir cerquita aunque estaban a una distancia desconocida para ella.

Aunque decidía - algunos días - desconectarse de ese mundo que la hacía desesperarse, Sofía después de pasar horas tirada en su cama viendo al techo, sin pensar, sin racionar, sin poder contenerse: Levantaba su tronco, ponía los pies en el suelo, se ponía de pie, se acercaba a la computadora, se agachaba, apretaba el botón de encendido y se sentaba en la silla morada, a esperar que apareciera.

Este movimiento diario y calculado era el que durante muchas semanas le daba sentido y respiración a su existencia. A veces se ponía a dibujar sus sueños, a veces los escribía o simplemente los pensaba: El día en el que el ingenioso picaresco apareciera sin avisar en la puerta de su casa y se la llevara al mundo mágico que estaba allí mismo, dentro de su casa, pero que sólo podía activarse con la aparición de ese ser por el que pasó meses esperando.

Nuestra Sofía, la que conocemos, espero hasta la muerte y esperando murió. No tuvo el beso cálido del (a mi parecer, poco ingenioso) muchacho. Anoche se me apareció en sueños. La verdad, quise que estuviera aquí y me diera siempre historias que contar. Al despertar ya no estaba, pero por hoy me reveló el deseo de que aunque sea por última vez, volviera a mencionarla.

P.D.: Mi Sofi, mis días sin ti tampoco son posible. El hecho de pensar algunas 24 horas sin ti, sin tu aprobación para poder sonreir, me mata de desconsuelo. Te amo!

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