
Después de tanto esperar venias hacia mí. Te veía a lo lejos, a una cuadra de distancia, esbelta, bronceada, sudada también; el cabello negro y largo, al compás del viento. Luego la mirada, las pupilas dilatadas, la boca echa agua y una sonrisa cómplice calculadora del tiempo perfecto. Un abrazo. Tu piel está tibia y comienza a enrojecerse. Mientras caminas a mi lado hacia el paraíso, nuestra respiración se acelera, las palabras sobran y el cosquilleo en el estomago aumenta.
Al cerrar las puertas nos sentimos dioses del universo. Nos apoderamos de nuestras bocas y nuestros cuerpos, nerviosos, un poco agitados, deseosos y palpitantes. El roce de las hebras de tu cabello me ponen la piel de gallina y el color ruborizado que va tomando tu cuello me hacen levantar aún más. También me hacen desnudarlo. La impaciencia se adueña de mi tiempo y cada vez quiero tener menos piel separándonos, menos barreras.
Inmediatamente tu pecho se descubre y se pone en contacto con mi piel. Allí está, mas vivo que nunca. Más sensible, más colorido.
La cama se hace sabana virginal que empieza a ser trastocada en todas sus dimensiones. Nuestros cuerpos se convierten en pinceles tomando todas las formas posibles, curvas, rectas rígidas, profundidades. Los ojos brillan. La lengua se convierte en un explorador ávido de texturas y sabores. Nuestros termómetros corporales agudizan su capacidad de sentir las temperaturas vibrantes en cualquier rincón de nuestros cuerpos. Se ponen en contacto las partes nunca antes sentidas. El calor aumenta, el calor forma ríos y océanos que inundan todas las extensiones de nuestros cuerpos, cada recoveco, cada vacío.
El corazón se hace sentir por arriba, por debajo y por todos lados. Y queremos más, aunque somos un volcán a punto de erupcionar. Un volcán que ruega encender el planeta de energía y calor, pero que a la vez, toma más fuerza y más furor con cada intento truncado de estallar. Nuevamente la piel se hace más sensible. La lengua puede llegar a todos lados.
La suavidad y la violencia se entremezclan para resultar en el ritmo perfecto que nos conduce con sutileza pero a la vez con firmeza al cielo.
Nos detenemos porque no queremos que termine el instante eterno y glorioso en el que por fin nuestros cuerpos recibieron la lluvia de éxtasis que por mucho tiempo rogaban albergar. Hasta lograr ser extremos y ser contorsionistas. Hasta lograr ser iguales y ser opuestos.
Las manos y los pies no se quedan atrás, son protagonistas y principal testigo del encuentro histórico. Nuestros olfatos son perros hambrientos pendientes de recibir. Son parte del goce supremo.
Los fluidos empiezan a hacerse presente, no sabemos de que estamos hechos, no sabemos si somos carne sólida o líquido que se amolda a nuestras almas. El universo entero forma parte de nuestro intercambio. Todo interviene, nada es suficiente.
Y allí en el centro de la tierra se genera un caos de energía que lentamente nos lleva del cielo al infierno y nos devuelve a la tierra: Lugar hermoso que nos permitió vivir y ser dos hambrientos que no se sacian; y que inmediatamente salen a recorrer más sabanas y siguen devorando con un exquisito disfrute, los ricos manjares cubiertos de una fina piel que permite degustar incluso lo que está debajo de ella, y más adentro.
Y en ese momento, más que nunca latió el corazón y la sangre recorrió nuestro cuerpo.
Entre paredes dos personas realmente sintieron lo que significa estar VIVOS.
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