Franz Danzer
“Viaje a Venezuela sin nada más que sus sueños y aspiraciones”
Él es parte de Tucupita. Aunque lo ignoremos, esos lugares por donde a diario pasamos tienen un poco de Franz Danzer, de su trabajo, de sus ideas, de sus sueños y de su ser.
Fue el primer ingeniero municipal de Tucupita. Algunas de las obras en las que trabajó fueron: La catedral Divina Pastora y su piano, la Casa Episcopal, la Escuela Artesanal Granja de Tucupita, base aérea del Aeropuerto de Tucupita, el Edificio Nemer, Colegio Sagrada Familia, Paseo Malecón Manamo (hasta la concha acústica), Colegio de Ingenieros, Urb. Argimiro García de Espinoza, Ancianato, Matadero Municipal, los planos de la Avenida Orinoco, Colegio María Auxiliadora, entre otras.
Este viejito, de 81 años y mirada azul que vive a orillas del río por allá por la comunidad de San Rafael nació en Alemania en 1928. Tras haber sufrido los embates de la guerra en su país natal, arruinado y sin oportunidades de trabajo, viajó a Venezuela motivado por un reportaje de la revista Selecciones acerca de nuestro país titulado “Viaje a Venezuela sin nada más que sus sueños y aspiraciones. Y así fue.
A Tucupita llegó en 1961, como ingeniero residente en la construcción de la Catedral Divina Pastora, y no puedo evitar enamorarse de este aire, de esta tierra, de estas aguas a las que le entregó sus mejores años de vida y que desde entonces soñó con convertir en un lugar moderno y desarrollado.
Por eso durante 35 años se dedicó a desarrollar las mejores ideas y a trabajar en ambiciosos proyectos para convertir a Tucupita en ciudad, un sueño que aún conserva. Una de las anécdotas que cariñosamente recuerda fue como se construyeron las edificaciones del Paseo Malecon sin planos oficiales, pero que él, ágilmente iba ilustrando en la tierra cada día, así se levantó una de las obras más emblemáticas y vivas de hoy.
El ingeniero Danzer ya tiene 14 años jubilado y 3 accidentes cardiovasculares sufridos. El último, hace ocho años, lo dejó sin habla, pero con las ganas de disfrutarse la vida intactas, en una silla de ruedas, rodeado de libros, una mente aún lúcida y brillante como sus ojos azules y su cabello blanco, disfrutando del tiempo que en su mundo pareciera infinito, de esa luz de caño, de la brisa fresca y el olor a Delta que le rodea.Un deltano que se ha ganado ese título con trabajo y gracias al amor desbordado al Delta.
Ya no habla, ya no camina, apenas oye, pero lee, piensa, siente y vive. Está ahí, a orillas del Manamo, disfrutando un día a la vez, soñando con un Delta grande, con poder ver la inmensidad de la tierra que fue testigo de su vida, y que lo seguirá teniendo por siempre como parte de sus entrañas.
Catedral Divina Pastora, primera obra de Mr. Danzer

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