
Eran casi las ocho de la noche de un domingo en aquel nostálgico pueblo donde por tanto tiempo pasé mis días. Donde sólo reinaban los ladridos de perros y las inocentes gotas de la lluvia sobre las plantas. Porque las personas solían estar abrigadas desde bien temprano, porque el susurro de las oraciones que estaban acostumbradas a hacer cada noche, no salía de los límites de sus aposentos. Era un domingo lluvioso en aquel pueblo que supo conquistar mi corazón, que supo enseñarme con firmeza y rudeza esos valores igualmente firmes que se necesitan para avanzar en la vida con integridad y una sonrisa en el rostro.
Era un domingo previo al día de mi despedida y mientras escribía esto, el dolorcito en la nariz del llanto reprimido, había empezado a hacer de las suyas. Ese dolorcito que le da al que quiere estornudar y no lo hace, del que quiere llorar también, como yo aquella noche, y no se atreve. Eran palabras, voces, lunas, nervios, abrazos, sorpresas, carcajadas, lágrimas y encuentros los que me apegaban a ese pueblo maravilloso que me acurrucó como a un niño pequeño y me dio calor.
Era el domingo en que debía empezar a partir y empezar a llorar para aceptar así la despedida. Era un domingo en el que llorar era como presionar el botón “guardar” en un documento de Word para actualizar en el disco duro todos los cambios realizados y luego cerrar el documento de las vivencias y emociones vividas. Donde “cerrar” es seguir adelante, contento por el viaje, por el aprendizaje, por los amigos…
Era un domingo que reunía más de dos meses de experiencias que no quería olvidar, que no querían que pasaran, que quería recordar siempre como se recuerda la felicidad, que quería evocar siempre en una palabra, en una fotografía, en un mirar a la luna, en una oración.
En la vida hay apegos, no queremos que las cosas buenas pasen. La vida, está llena de sonrisas, lágrimas y de despedidas… La vida no se detiene.
La vida feliz es el cúmulo de buenos recuerdos y de aprendizajes que nos acompañarán para aprovechar más las próximas oportunidades, para hacer mejor las cosas, para amar sin límites, para querer más; porque al final de la vida, dos meses como aquellos, domingos como ese, son los que nos sacarán la sonrisita cuando un día en la noche, nos encontremos caminando, miremos a la luna y recordemos…
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